La extraordinaria inteligencia de Justin Bieber

inteligencia Hace unos años trabajé con un muchacho un poco mayor que yo, doctor en ingeniería ambiental, que al parecer solo hablaba cuando era necesario. Qué bueno, pensé, y qué refrescante, por fin, tener de compañero de trabajo a alguien que no siente la necesidad de llenar el silencio con baba o dejar sus huellas en todo. Todos decían que era inteligentísimo, cosa que hacía que la mayoría del grupo usara su trato discreto y su porte fino como evidencia sustituta de que el tipo era bueno en su trabajo, de que no hablaba mucho porque sus palabras eran oro. “Bueeeeeno”, como dirían los dominicanos, “¿y eh fácil?” Pues fíjense que bastante fácil, diría yo. Porque tengo que revelar que el tipo hablaba poco porque no tenía nada que decir. Tal vez era muy inteligente, pero igual no importaba. El tipo no aportaba nada al diálogo y a la resolución de problemas. Ni más ni menos era un cero a la izquierda.

Siempre he sospechado que las pruebas de inteligencia son una tontería. No están mal para divertirse y tal vez puedan proporcionar algún indicio sobre las entrañas de las personas, pero lo malo es que la gente se las toma demasiado en serio. Creer que algo tan intangible como nuestra perspicacia mental se puede medir con un barómetro me parece un empeño peregrino. Pero ahora estoy réquete segura de que estos exámenes son una bobada porque acabo de leer que el insoportable petardo de Justin Bieber es un superdotado. Los superiores de inteligencia son aquellos cuyo índice está por encima de los 130 puntos, y dicen que Bieber tiene un índice de 132. Convendrán conmigo, pues, que si Justin Bieber es un superdotado, entonces cualquier cosa en este mundo puede ser posible. Como que en 10 años llegaremos a Marte o que mi vecina no compite conmigo en tener el jardín bonito. Claro que también es posible, sobre todo en estos tiempos, que el Bieber manipula a fuerza de billete todo lo que dicen de él en los medios. A fin de cuentas, no sería raro que tal tipo tenga tal capricho.

Pero digamos que en efecto Justin Bieber es inteligentísimo. Y que mi colega de la oficina también lo es. Entonces, ¿quién demonios quiere ser superdotado? ¿Será que estos exámenes miden otra cosa, como la habilidad de hacer rompecabezas en un cubículo, o de ser superficial hasta la máxima potencia?

Cuando guguleo las personas más inteligentes del mundo me aparecen astros como Gary Kasarov (el jugador de ajedrez, con 190), Kim Ung Yong y Terence Tao (con 210 y 230, respectivamente, ambos matemáticos), y demás lumbreras que harán algún tipo de contribución importante a la humanidad. Pero entonces están los inteligentes que parecen estar mal enfocados. Una tal Marilyn vos Savant, por ejemplo, que con 190 puntos (más que Einstein con 150) se dedica a escribir columnas de chismes. Por cierto que la vos Savant es la última superdotada reconocida en el Libro Guinness de los Récords, que a mi entender es el libro perfecto para estas tonterías.

Conocemos que muchas veces vale más la perseverancia y la disciplina que la capacidad mental. Para ser grande en algo no basta con el talento. He visto a mucha gente genial perderse para siempre y no hacer nada, mientras que otros menos dotados han terminado resaltándose entre la muchedumbre. Más allá, una inteligencia abstracta capaz de resolver formidables problemás de la astrofísica no es nada en la vida si no se humaniza. Lo importante no es sólo saber pensar, sino saber sentir con humildad y tino. Lo que entiendo por una persona inteligente es alguien que ha vivido, escuchado, reflexionado y aprendido de ello. Somos entes sociales y no hay vida digna de llamarse así si no se vive de alguna manera junto con los demás. Tal vez sea eso entonces lo que le falta a Justin Bieber. Vive tan enfocado en su ombligo que su inteligencia está aislada de cualquier referencia real, de cualquier autocrítica, y así sólo podrá servir para entretenermos un rato.

Por: Grace Robiou. Puedes visitar su blog aquí.

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